El costo de esperar

Miercoles, 05 de Agosto de 2026

Por:

Juan Ricardo Ortega

Presidente Grupo Energía Bogotá

Las decisiones más importantes de un país casi nunca ocupan los titulares. Solo llaman la atención cuando empiezan a hacer falta. La infraestructura energética pertenece a esa categoría.

Nadie piensa en una línea de transmisión cuando enciende un bombillo ni en un gasoducto cuando el gas llega a su hogar. Pero basta con que cualquiera de esas piezas falle, o resulte insuficiente, para descubrir que sobre ellas descansa buena parte de la economía, la competitividad y la calidad de vida de un país.

La infraestructura rara vez anuncia las crisis. Lo que hace es revelar, con el paso del tiempo, las decisiones que una sociedad tomó… o dejó de tomar años atrás.

Colombia está entrando en una nueva etapa de desarrollo y eso exige cambiar la conversación. Durante años nos preguntamos cómo producir más energía. Hoy debemos hacernos una pregunta adicional: ¿estamos construyendo la infraestructura que permitirá sostener el crecimiento económico, la transición energética y la adaptación al cambio climático durante las próximas décadas?

Ese desafío ya empieza a reflejarse en distintas regiones del país. El Caribe colombiano es quizá el caso más visible. Pero no es una realidad aislada. Hoy el 55% de los proyectos de transmisión del país presenta retrasos frente a sus cronogramas originales.

No son señales para exagerar, sino para decidir. La infraestructura no se queda corta de un día para otro: primero aparecen las alertas, luego los cuellos de botella y, finalmente, los costos de haber esperado demasiado.

La misma reflexión aplica para el gas natural. En un entorno internacional cada vez más incierto, fortalecer la infraestructura que conecta la oferta con los centros de consumo no solo refuerza la seguridad energética; también protege la competitividad, el empleo y el bienestar de millones de hogares.

Pero el desafío va más allá de la energía. El cambio climático está modificando la forma en que debemos diseñar nuestras ciudades. Adaptarse ya no significa únicamente responder a las emergencias; significa construir desde hoy ciudades e infraestructura capaces de enfrentar las condiciones climáticas de las próximas décadas.

Ese mismo sentido de anticipación también debe reflejarse en nuestras instituciones. Agilizar proyectos estratégicos, ofrecer reglas estables para la inversión y fortalecer la planeación son decisiones que aumentan la confianza y aceleran el desarrollo.

Una red eléctrica confiable no solo transporta energía; transporta inversión. Un gasoducto no solo mueve moléculas; conecta oportunidades.

El tiempo para actuar es limitado. Colombia deberá multiplicar entre dos y cinco veces su capacidad de transmisión eléctrica para acompañar el crecimiento de la demanda y la transición energética.

La infraestructura nunca ha sido únicamente una obra de ingeniería. Es una decisión sobre el país que queremos construir.

Y el verdadero costo de esperar no aparece cuando una obra se retrasa. Aparece años después, cuando la urgencia reemplaza a la planificación y el país descubre que las oportunidades que no se construyeron a tiempo también tienen un costo. Ese es el verdadero costo de esperar.